Aqui os presento el primer capitulo de los cuentos de Bereth, espero que os guste tanto como a mi teneis un link para la pagina principal de este libro en la derecha de la pantalla donde amigo. Bueno ahora a disfrutar de la lectura:
1
EL TRAIDOR
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EL TRAIDOR
Las calles de Belmont estaban desiertas y oscuras. Las nubes
ocultaban la luna y las estrellas. La llovizna no se hizo esperar
y, poco después, comenzó a caer una fina pero insistente cortina
de agua sobre los tejados de las casas. Los pocos animales
que no tenían donde guarecerse corrían de un lado a otro espantados
y tirando cuanto encontraban a su paso.
El encapuchado cabalgó hasta la muralla de la ciudad y esperó
sin inmutarse bajo la lluvia a que se abriese la puerta. De
repente, las enormes bisagras comenzaron a chirriar y lentamente
pudo ir viendo el interior del reino. Cuando tuvo espacio
suficiente para pasar, espoleó a su caballo y marchó en dirección
al castillo que había en su interior, en lo más alto de la
colina, más allá de las casas. Completamente seguro del camino
y sin necesidad de detenerse a comprobarlo, cruzó la ciudad
como una exhalación sin más ruido que el de los cascos de su
caballo amortiguados por el barro. Los relámpagos iluminaban
ocasionalmente la portentosa silueta. La magnífica construcción
tenía menos altura que el palacio de Bereth, pero, por otro
lado, ocupaba más terreno. A su alrededor, los belmontinos habían
construido un foso de agua infranqueable que sólo podía
salvarse mediante el puente levadizo. El encapuchado se detu-
vo al final del camino de tierra y esperó a que el puente bajase
para poder cruzar el foso. Como ya ocurriera la vez anterior,
no tardó en oír las cadenas, y el puente levadizo fue descendiendo
lentamente hasta alcanzar el otro extremo del foso,
donde aguardaba el encapuchado.
En el otro extremo apareció una figura alta que le hizo un
gesto para que avanzase. Con la oscuridad que reinaba dentro
del patio no pudo distinguir ningún rasgo de aquella sombra,
pero no por ello se amedrentó. Espoleó al caballo y trotó lentamente
hasta él. Cuando estuvo a su lado, descabalgó y agarró
por las riendas al caballo, el cual parecía estar, de pronto, nervioso
y agitado.
—Quieto —le susurró el encapuchado—. ¡Sooo… !
El animal se revolvió y piafó sin hacer caso a sus palabras.
—¡Quieto te digo! —volvió a exclamar.
De pronto, el caballo se alzó sobre sus patas traseras y al
hombre se le escapó la brida de las manos. El otro individuo ni
se inmutó. El caballo relinchó asustado unas cuantas veces más
antes de salir al galope por el puente, que comenzaba a izarse.
—¡Subidlo! ¡Rápido! —gritó el encapuchado mientras corría
tras el animal sin ninguna posibilidad de alcanzarlo—. ¡Se
va a escapar!
Y entonces el caballo llegó al final del puente. No pareció
advertirlo y se precipitó a las aguas emitiendo un sonoro relincho
que terminó perdiéndose en la tormenta.
El encapuchado se giró hacia el hombre con el puño en
alto.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no habéis subido el puente más
rápido? ¿Cómo voy a volver ahora?
—Seguidme —contestó el otro haciendo caso omiso de su
enfado.
Dio media vuelta y avanzó por el encharcado patio interior
del castillo hasta una puerta situada al otro extremo. El encapuchado
le siguió tras arroparse mejor con la capa y maldiciendo
el momento en que había decidido emprender aquel
viaje. Temiendo que pudiese tratarse de una trampa, el encapuchado
agarró la empuñadura de su espada con fuerza bajo la
capa. Varias antorchas iluminaban el interior del pasadizo. El
eco de sus pisadas y la tormenta del exterior era el único telón
de fondo. Cada sombra ponía más en guardia al encapuchado.
Cada nuevo pasadizo le infundía más temor que el anterior. Sin
embargo, su guía parecía estar completamente tranquilo y
avanzaba con premura por aquel siniestro lugar.
Tras andar un buen trecho y haber perdido la orientación,
el encapuchado le preguntó al otro hombre:
—¿Adónde me lleváis? ¿Falta mucho?
No obtuvo respuesta.
—¡Os estoy hablando! Os he preguntado que adónde me
lleváis. —El hombre siguió sin decir palabra—. ¡Maldita sea,
decidme ahora mismo… !
—Es aquí —le interrumpió el hombre. Habían llegado al final
de un pasillo. Frente a ellos se alzaba una espléndida puerta
con relieves.
El hombre llamó con los nudillos, la abrió y después se
apartó para dejar paso al encapuchado, quien le dirigió una
mirada hostil al pasar junto a él. Entró en la lúgubre estancia y
la puerta se cerró a su espalda. Aunque había más luces en
aquella habitación que en el resto de pasillos, seguía estando
enterrada en sombras. No sabía hacia dónde dirigirse, por lo
que se quedó esperando, inmóvil.
—Podéis avanzar, no vamos a morderos —bromeó una voz
profunda y pegajosa que hizo estremecer al encapuchado.
Quien había hablado se encontraba frente a él, al fondo de la
habitación, abrigado por las sombras. El encapuchado avanzó
decidido, no debía demostrar debilidad alguna.
Cuando se encontraba a escasos metros del final de la sala,
dos antorchas prendieron de repente a cada lado del encapuchado,
revelando a dos hombres que le miraban fijamente. Uno
se encontraba sentado en un elaborado trono de madera; era
robusto, casi gordo, con una barba tan gris como sus ojos. Iba
vestido con traje de montar y una enorme armadura con un
cuervo dibujado en el pecho. El otro hombre, esbelto, delgado
y con rasgos tan finos como alfileres, permanecía de pie.
—¡Bienvenido a mi humilde castillo! —le saludó el hombre
sentado en el trono. Sonreía, pero de tal forma que un nuevo es-
calofrío recorrió la espalda del encapuchado—. Siento lo de vuestro
caballo, ha sido una terrible e inesperada pérdida —ironizó.
El hombre apostado a su lado sonrió cruelmente antes de
volver a recuperar la compostura. El encapuchado tragó saliva
y cerró con rabia los puños bajo la capa.
—Pero bueno, qué le vamos a hacer… como suele decirse,
quien algo quiere, algo le cuesta, ¿no es cierto?
—¿Podemos dejarnos de refranes y hablar de lo que nos
interesa? —preguntó el encapuchado, incómodo con tanta
broma.
—Claro, claro, cómo no. Pero antes… —el hombre le miró
sin dejar de sonreír y añadió—: quitaos la capucha y mostradnos
el rostro.
—No.
—¿No? ¿Cómo que no? ¡Este es mi reino, mi castillo! ¡Mis
leyes!
—Yo no tengo que obedecer a nadie. Estoy aquí como invitado,
os lo recuerdo, majestad.
—Oh, está bien, mientras sea majestad… —estalló en una
carcajada y el otro hombre lo imitó. El encapuchado sintió
cómo le hervía la sangre de ira. Cada vez estaba más convencido
de que no tendría que haber emprendido aquel viaje—. Está
bien, está bien, no nos enfademos. Conservad la capa y la capucha,
tampoco son muy útiles teniendo en cuenta que sabemos
su verdadera identidad, Sir…
—¡No! —le interrumpió el encapuchado dando un paso al
frente.
—¿Otra vez? ¿Qué peligro hay en decir su nombre en voz
alta? Todos los aquí presentes le conocen…
—Sí, los presentes sí, pero quizá no los que se ocultan tras
las paredes, espían desde las sombras o escuchan sin ser vistos.
De nuevo el rey se echó a reír con aquella risa siniestra y
profunda.
—Sois muy listo, mucho más de lo que aparentáis…
—Dejémonos de juegos de palabras y hablemos de una vez
por todas, empiezo a cansarme.
—Como queráis, como queráis. —El rey se aclaró la garganta,
escupió al suelo y después anunció—: Querido amigo
Encapuchado, habéis sido invitado al reino de Belmont a recibir
audiencia con su majestad el rey Teodragos VI, hijo de Taocronos
II, con motivo de la carta que recibimos hace dos noches
de su puño y letra.
El hombre que había junto al rey le tendió un pergamino
que extrajo de uno de los pliegues de su capa. El encapuchado
la reconoció al instante: era su carta.
—Según esto, parece que habéis resuelto el enigma de la Poesía
Real de Bereth y, en consecuencia, habéis encontrado la tan
envidiada arma de la que se hace referencia en ella.
El encapuchado asintió con una media sonrisa.
—Así es.
—Ya veo… Cuanto menos, es asombroso que la familia
Real haya podido ocultar el secreto durante tanto tiempo. Me
gustaría saber cómo reaccionarían los berethianos si lo llegasen
a descubrir.
El rey Teodragos se echó a reír y esta vez el encapuchado le
acompañó.
—Lo que me obliga a preguntarme lo siguiente. —El rey
dejó de sonreír y le miró seriamente—: ¿Cómo sabemos que
no nos estáis mintiendo?
—Podéis confiar en mi palabra. No conseguiría nada mintiéndoos,
¿no es cierto?
—No estaría tan seguro. Siendo un hombre tan cercano al
príncipe, algún beneficio obtendríais si él cayese…
—Digamos que me conviene más jugar esta carta.
—Sería una lástima tener que empalaros a las puertas de mi
castillo —contestó Teodragos inspeccionando sus sucias
uñas—. Bien, y ahora la cuestión estrella de la noche: ¿qué pedís
a cambio?
—Poder.
—Muy original… —contestó el rey poniendo los ojos en
blanco.
—Sin Adhárel a la cabeza, Bereth tardará en caer menos
que un castillo de naipes con un soplido. Quiero que, cuando
eso ocurra, yo pueda estar al mando. Quiero ser el nuevo gobernante
de Bereth.
El rey golpeó con sus puños los reposabrazos del trono.
—¡Es mucho lo que pedís! —rugió.
—¡Os estoy entregando a Bereth en bandeja!
—No me vengáis con bravuconadas, ¿de qué me sirve conquistar
Bereth si después he de ceder el poder?
—Es mucho lo que os queda, majestad: súbditos, armamento,
un ejército nuevo, sentomentalistas y… electricidad.
Teodragos estuvo a punto de interrumpirle con un grito,
pero la última palabra le dejó helado.
—¿La electricidad... será mía?
—Toda vuestra. Al fin y al cabo, yo no la quiero para nada
y seréis vos quien debáis utilizarla para proteger tanto este reino
como el de Bereth.
—Visto de ese modo… —el rey se acomodó en el trono.
—Entonces, ¿hay trato?
Teodragos se puso en pie lentamente y descendió los dos
escalones que le separaban del encapuchado con la barriga balanceándose
plácidamente tras la armadura. El otro hombre
también se aproximó.
—Hay trato.
Y diciendo esto, le tendió la mano. El encapuchado dudó
un instante, pero acabó por estrechársela, decidido. Justo antes
de que pudiera soltarse, el fornido soberano se la agarró con
más fuerza y el misterioso acompañante posó sus manos sobre
las de los dos hombres.
—Esta es siempre mi parte favorita —comentó el rey, guiñándole
el ojo.
—¿Qué está pasando? —gritó el encapuchado—. ¿Qué estáis
haciendo? ¡Soltadme!
Mientras se esforzaba por liberarse del rey, una luz emergió
de las manos del tercer hombre. El encapuchado, aterrorizado,
intentó soltarse de nuevo, pero esta vez una oleada de calor le
recorrió el brazo entero, dejándoselo dormido. La luz que había
surgido de las manos del hombre tomó la forma de una serpiente
que se arrastró sobre las de los otros dos hasta formar
un anillo en torno a ellas y unir la cabeza con la cola. De pronto,
la piel de la muñeca del encapuchado pareció desgarrarse y
creyó sentir cómo recibía a cambio una sustancia diferente.
—¡Detened esto ahora mismo! ¡Os lo ordeno!
El rey Teodragos soltó una carcajada presionando aún con
más fuerza la mano del encapuchado.
—No estáis en disposición de dar órdenes. Aguantad un
instante más. Es sólo por seguridad.
Al poco, la serpiente soltó la cola y se deshizo en un humo
blanquecino que se disipó bajo las manos del hombre. A continuación,
el rey soltó al encapuchado, sonriendo.
El encapuchado se agarró el brazo inerte con la otra mano
mientras recuperaba el aliento. Las gotas de sudor le descendían
por el rostro.
—¿Qué… qué me habéis hecho?
—Oh, no ha sido nada. El brazo volverá a funcionaros en
un santiamén, creedme.
—¿A qué ha venido eso?
—Como ya os hemos dicho, es una medida de seguridad.
Aquí mi siervo, a falta de lengua, incapacitado para contar secretos,
tiene la misteriosa habilidad de… modificar los estados
de los seres.
Un sentomentalista, pensó el encapuchado. Debería haberlo
supuesto.
—¿Qué demonios ha sucedido?
—Digamos que una parte de vuestra esencia ha sido…
convertida a su estado más puro: el polvo. Un polvo tan fino
que no llegaríais ni a apreciarlo con el tacto. Lo mismo ha sucedido
con una parte de mí. Después, Sísite se ha encargado de
intercambiárnoslas. Gracias a ello podremos mantenernos en
contacto en todo momento. —El encapuchado se miró la muñeca
y descubrió en la parte interna un extraño símbolo de un
color más oscuro que el resto de su piel. Con un tono similar
al de la piel del rey—. Si intentáis engañarme, lo sabré. Si intentáis
huir, también lo sabré, y si decidís cambiar de opinión,
lo sabré antes de que el pensamiento se haya terminado de formar
en vuestra cabeza. Y tened por seguro que no dudaré en
cortárosla de un golpe si eso ocurre. ¿Me entendéis?
El encapuchado siguió masajeándose el brazo, el cual ya
empezaba a sentir, y continuó en silencio. La crueldad, en cualquiera
de sus formas, era la firma indiscutible de aquel rey. No
en vano había elegido para su blasón al cuervo.
Todo le había quedado claro.
—Ahora será mejor que volváis a Bereth antes de que despunte
el sol y alguien pregunte por vos.
—¿Cómo queréis que regrese en tan poco tiempo y sin
montura?
El rey soltó una de sus acostumbradas risotadas y le golpeó
amigablemente en la espalda.
—Ya veréis como terminan gustándoos los talentos de mis
amigos. —El rey dio una palmada y la puerta por donde el encapuchado
había entrado volvió a abrirse y por ella entró otro
hombre—. Ahora relajaos. El don de mi otro amigo especial
consiste en poder transportar cualquier materia que contenga
agua en su interior a través de la lluvia.
El encapuchado tembló con sólo pensarlo.
—Eso es imposible… Un cuerpo no sólo está formado por
agua. ¿Qué sucede si algo sale mal? ¡Podría caerse a miles de
kilómetros del suelo! ¡Podría perderse por el camino! Podría…
—Llegar tarde, que alguien descubra que no está donde se
suponía que debía estar y que tarde o temprano relacionen hechos.
El encapuchado tragó saliva. No tenía otra salida. Teodragos
le estaba obligando a confiar en él con los ojos cerrados…
¿Pero qué otra salida le quedaba?
—Está bien. Llevadme de vuelta a Bereth inmediatamente…
—Será todo un placer.
Y diciendo esto, Teodragos se dio media vuelta y se marchó
de la sala por una puerta oculta tras el trono.
A continuación, el recién llegado posó sus manos sobre la
cabeza del encapuchado y después empezó a tararear una melodía
apenas audible que fue adormilándole hasta que casi no
tuvo fuerzas para sostenerse sobre las piernas. Sin embargo, sus
pensamientos se sucedían uno tras otro en su cabeza: ¿qué clase
de poderes tenían los sentomentalistas de Belmont? ¿Podría
confiar en ellos? ¿Qué otras variedades poseerían? Y cuando
creía que iba a quedarse dormido, sintió una sacudida desde lo
más profundo de su ser que se expandió por todo su cuerpo y
que le dejó sin respiración. Al mismo tiempo sintió que se evaporaba,
que pesaba mil toneladas y que viajaba tan rápido
como un relámpago mientras seentía aún las botas sobre el
suelo del castillo de Belmont. Todo aquello sólo duró un instante.
Y entonces notó algo que le golpeaba por todo el cuerpo
insistentemente. Gotas. Lluvia. Una tormenta. Y frío, mucho
frío por todo el cuerpo. Cuando abrió los ojos, se descubrió
ante las puertas del palacio de Bereth, desnudo y solo. Perplejo
y aterido, corrió hasta una de las puertas traseras del palacio,
aquella que daba a las cocinas y, dando gracias por que
aquella noche no hubiera guardias apostados allí, entró a través
de ella. Tenía poco tiempo para regresar al lugar donde se suponía
que debía estar sin llamar la atención. La noche iba quedándose
atrás y el sol no tardaría en asomar, revelando las
sombras que se agazapan en la noche.
ocultaban la luna y las estrellas. La llovizna no se hizo esperar
y, poco después, comenzó a caer una fina pero insistente cortina
de agua sobre los tejados de las casas. Los pocos animales
que no tenían donde guarecerse corrían de un lado a otro espantados
y tirando cuanto encontraban a su paso.
El encapuchado cabalgó hasta la muralla de la ciudad y esperó
sin inmutarse bajo la lluvia a que se abriese la puerta. De
repente, las enormes bisagras comenzaron a chirriar y lentamente
pudo ir viendo el interior del reino. Cuando tuvo espacio
suficiente para pasar, espoleó a su caballo y marchó en dirección
al castillo que había en su interior, en lo más alto de la
colina, más allá de las casas. Completamente seguro del camino
y sin necesidad de detenerse a comprobarlo, cruzó la ciudad
como una exhalación sin más ruido que el de los cascos de su
caballo amortiguados por el barro. Los relámpagos iluminaban
ocasionalmente la portentosa silueta. La magnífica construcción
tenía menos altura que el palacio de Bereth, pero, por otro
lado, ocupaba más terreno. A su alrededor, los belmontinos habían
construido un foso de agua infranqueable que sólo podía
salvarse mediante el puente levadizo. El encapuchado se detu-
vo al final del camino de tierra y esperó a que el puente bajase
para poder cruzar el foso. Como ya ocurriera la vez anterior,
no tardó en oír las cadenas, y el puente levadizo fue descendiendo
lentamente hasta alcanzar el otro extremo del foso,
donde aguardaba el encapuchado.
En el otro extremo apareció una figura alta que le hizo un
gesto para que avanzase. Con la oscuridad que reinaba dentro
del patio no pudo distinguir ningún rasgo de aquella sombra,
pero no por ello se amedrentó. Espoleó al caballo y trotó lentamente
hasta él. Cuando estuvo a su lado, descabalgó y agarró
por las riendas al caballo, el cual parecía estar, de pronto, nervioso
y agitado.
—Quieto —le susurró el encapuchado—. ¡Sooo… !
El animal se revolvió y piafó sin hacer caso a sus palabras.
—¡Quieto te digo! —volvió a exclamar.
De pronto, el caballo se alzó sobre sus patas traseras y al
hombre se le escapó la brida de las manos. El otro individuo ni
se inmutó. El caballo relinchó asustado unas cuantas veces más
antes de salir al galope por el puente, que comenzaba a izarse.
—¡Subidlo! ¡Rápido! —gritó el encapuchado mientras corría
tras el animal sin ninguna posibilidad de alcanzarlo—. ¡Se
va a escapar!
Y entonces el caballo llegó al final del puente. No pareció
advertirlo y se precipitó a las aguas emitiendo un sonoro relincho
que terminó perdiéndose en la tormenta.
El encapuchado se giró hacia el hombre con el puño en
alto.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no habéis subido el puente más
rápido? ¿Cómo voy a volver ahora?
—Seguidme —contestó el otro haciendo caso omiso de su
enfado.
Dio media vuelta y avanzó por el encharcado patio interior
del castillo hasta una puerta situada al otro extremo. El encapuchado
le siguió tras arroparse mejor con la capa y maldiciendo
el momento en que había decidido emprender aquel
viaje. Temiendo que pudiese tratarse de una trampa, el encapuchado
agarró la empuñadura de su espada con fuerza bajo la
capa. Varias antorchas iluminaban el interior del pasadizo. El
eco de sus pisadas y la tormenta del exterior era el único telón
de fondo. Cada sombra ponía más en guardia al encapuchado.
Cada nuevo pasadizo le infundía más temor que el anterior. Sin
embargo, su guía parecía estar completamente tranquilo y
avanzaba con premura por aquel siniestro lugar.
Tras andar un buen trecho y haber perdido la orientación,
el encapuchado le preguntó al otro hombre:
—¿Adónde me lleváis? ¿Falta mucho?
No obtuvo respuesta.
—¡Os estoy hablando! Os he preguntado que adónde me
lleváis. —El hombre siguió sin decir palabra—. ¡Maldita sea,
decidme ahora mismo… !
—Es aquí —le interrumpió el hombre. Habían llegado al final
de un pasillo. Frente a ellos se alzaba una espléndida puerta
con relieves.
El hombre llamó con los nudillos, la abrió y después se
apartó para dejar paso al encapuchado, quien le dirigió una
mirada hostil al pasar junto a él. Entró en la lúgubre estancia y
la puerta se cerró a su espalda. Aunque había más luces en
aquella habitación que en el resto de pasillos, seguía estando
enterrada en sombras. No sabía hacia dónde dirigirse, por lo
que se quedó esperando, inmóvil.
—Podéis avanzar, no vamos a morderos —bromeó una voz
profunda y pegajosa que hizo estremecer al encapuchado.
Quien había hablado se encontraba frente a él, al fondo de la
habitación, abrigado por las sombras. El encapuchado avanzó
decidido, no debía demostrar debilidad alguna.
Cuando se encontraba a escasos metros del final de la sala,
dos antorchas prendieron de repente a cada lado del encapuchado,
revelando a dos hombres que le miraban fijamente. Uno
se encontraba sentado en un elaborado trono de madera; era
robusto, casi gordo, con una barba tan gris como sus ojos. Iba
vestido con traje de montar y una enorme armadura con un
cuervo dibujado en el pecho. El otro hombre, esbelto, delgado
y con rasgos tan finos como alfileres, permanecía de pie.
—¡Bienvenido a mi humilde castillo! —le saludó el hombre
sentado en el trono. Sonreía, pero de tal forma que un nuevo es-
calofrío recorrió la espalda del encapuchado—. Siento lo de vuestro
caballo, ha sido una terrible e inesperada pérdida —ironizó.
El hombre apostado a su lado sonrió cruelmente antes de
volver a recuperar la compostura. El encapuchado tragó saliva
y cerró con rabia los puños bajo la capa.
—Pero bueno, qué le vamos a hacer… como suele decirse,
quien algo quiere, algo le cuesta, ¿no es cierto?
—¿Podemos dejarnos de refranes y hablar de lo que nos
interesa? —preguntó el encapuchado, incómodo con tanta
broma.
—Claro, claro, cómo no. Pero antes… —el hombre le miró
sin dejar de sonreír y añadió—: quitaos la capucha y mostradnos
el rostro.
—No.
—¿No? ¿Cómo que no? ¡Este es mi reino, mi castillo! ¡Mis
leyes!
—Yo no tengo que obedecer a nadie. Estoy aquí como invitado,
os lo recuerdo, majestad.
—Oh, está bien, mientras sea majestad… —estalló en una
carcajada y el otro hombre lo imitó. El encapuchado sintió
cómo le hervía la sangre de ira. Cada vez estaba más convencido
de que no tendría que haber emprendido aquel viaje—. Está
bien, está bien, no nos enfademos. Conservad la capa y la capucha,
tampoco son muy útiles teniendo en cuenta que sabemos
su verdadera identidad, Sir…
—¡No! —le interrumpió el encapuchado dando un paso al
frente.
—¿Otra vez? ¿Qué peligro hay en decir su nombre en voz
alta? Todos los aquí presentes le conocen…
—Sí, los presentes sí, pero quizá no los que se ocultan tras
las paredes, espían desde las sombras o escuchan sin ser vistos.
De nuevo el rey se echó a reír con aquella risa siniestra y
profunda.
—Sois muy listo, mucho más de lo que aparentáis…
—Dejémonos de juegos de palabras y hablemos de una vez
por todas, empiezo a cansarme.
—Como queráis, como queráis. —El rey se aclaró la garganta,
escupió al suelo y después anunció—: Querido amigo
Encapuchado, habéis sido invitado al reino de Belmont a recibir
audiencia con su majestad el rey Teodragos VI, hijo de Taocronos
II, con motivo de la carta que recibimos hace dos noches
de su puño y letra.
El hombre que había junto al rey le tendió un pergamino
que extrajo de uno de los pliegues de su capa. El encapuchado
la reconoció al instante: era su carta.
—Según esto, parece que habéis resuelto el enigma de la Poesía
Real de Bereth y, en consecuencia, habéis encontrado la tan
envidiada arma de la que se hace referencia en ella.
El encapuchado asintió con una media sonrisa.
—Así es.
—Ya veo… Cuanto menos, es asombroso que la familia
Real haya podido ocultar el secreto durante tanto tiempo. Me
gustaría saber cómo reaccionarían los berethianos si lo llegasen
a descubrir.
El rey Teodragos se echó a reír y esta vez el encapuchado le
acompañó.
—Lo que me obliga a preguntarme lo siguiente. —El rey
dejó de sonreír y le miró seriamente—: ¿Cómo sabemos que
no nos estáis mintiendo?
—Podéis confiar en mi palabra. No conseguiría nada mintiéndoos,
¿no es cierto?
—No estaría tan seguro. Siendo un hombre tan cercano al
príncipe, algún beneficio obtendríais si él cayese…
—Digamos que me conviene más jugar esta carta.
—Sería una lástima tener que empalaros a las puertas de mi
castillo —contestó Teodragos inspeccionando sus sucias
uñas—. Bien, y ahora la cuestión estrella de la noche: ¿qué pedís
a cambio?
—Poder.
—Muy original… —contestó el rey poniendo los ojos en
blanco.
—Sin Adhárel a la cabeza, Bereth tardará en caer menos
que un castillo de naipes con un soplido. Quiero que, cuando
eso ocurra, yo pueda estar al mando. Quiero ser el nuevo gobernante
de Bereth.
El rey golpeó con sus puños los reposabrazos del trono.
—¡Es mucho lo que pedís! —rugió.
—¡Os estoy entregando a Bereth en bandeja!
—No me vengáis con bravuconadas, ¿de qué me sirve conquistar
Bereth si después he de ceder el poder?
—Es mucho lo que os queda, majestad: súbditos, armamento,
un ejército nuevo, sentomentalistas y… electricidad.
Teodragos estuvo a punto de interrumpirle con un grito,
pero la última palabra le dejó helado.
—¿La electricidad... será mía?
—Toda vuestra. Al fin y al cabo, yo no la quiero para nada
y seréis vos quien debáis utilizarla para proteger tanto este reino
como el de Bereth.
—Visto de ese modo… —el rey se acomodó en el trono.
—Entonces, ¿hay trato?
Teodragos se puso en pie lentamente y descendió los dos
escalones que le separaban del encapuchado con la barriga balanceándose
plácidamente tras la armadura. El otro hombre
también se aproximó.
—Hay trato.
Y diciendo esto, le tendió la mano. El encapuchado dudó
un instante, pero acabó por estrechársela, decidido. Justo antes
de que pudiera soltarse, el fornido soberano se la agarró con
más fuerza y el misterioso acompañante posó sus manos sobre
las de los dos hombres.
—Esta es siempre mi parte favorita —comentó el rey, guiñándole
el ojo.
—¿Qué está pasando? —gritó el encapuchado—. ¿Qué estáis
haciendo? ¡Soltadme!
Mientras se esforzaba por liberarse del rey, una luz emergió
de las manos del tercer hombre. El encapuchado, aterrorizado,
intentó soltarse de nuevo, pero esta vez una oleada de calor le
recorrió el brazo entero, dejándoselo dormido. La luz que había
surgido de las manos del hombre tomó la forma de una serpiente
que se arrastró sobre las de los otros dos hasta formar
un anillo en torno a ellas y unir la cabeza con la cola. De pronto,
la piel de la muñeca del encapuchado pareció desgarrarse y
creyó sentir cómo recibía a cambio una sustancia diferente.
—¡Detened esto ahora mismo! ¡Os lo ordeno!
El rey Teodragos soltó una carcajada presionando aún con
más fuerza la mano del encapuchado.
—No estáis en disposición de dar órdenes. Aguantad un
instante más. Es sólo por seguridad.
Al poco, la serpiente soltó la cola y se deshizo en un humo
blanquecino que se disipó bajo las manos del hombre. A continuación,
el rey soltó al encapuchado, sonriendo.
El encapuchado se agarró el brazo inerte con la otra mano
mientras recuperaba el aliento. Las gotas de sudor le descendían
por el rostro.
—¿Qué… qué me habéis hecho?
—Oh, no ha sido nada. El brazo volverá a funcionaros en
un santiamén, creedme.
—¿A qué ha venido eso?
—Como ya os hemos dicho, es una medida de seguridad.
Aquí mi siervo, a falta de lengua, incapacitado para contar secretos,
tiene la misteriosa habilidad de… modificar los estados
de los seres.
Un sentomentalista, pensó el encapuchado. Debería haberlo
supuesto.
—¿Qué demonios ha sucedido?
—Digamos que una parte de vuestra esencia ha sido…
convertida a su estado más puro: el polvo. Un polvo tan fino
que no llegaríais ni a apreciarlo con el tacto. Lo mismo ha sucedido
con una parte de mí. Después, Sísite se ha encargado de
intercambiárnoslas. Gracias a ello podremos mantenernos en
contacto en todo momento. —El encapuchado se miró la muñeca
y descubrió en la parte interna un extraño símbolo de un
color más oscuro que el resto de su piel. Con un tono similar
al de la piel del rey—. Si intentáis engañarme, lo sabré. Si intentáis
huir, también lo sabré, y si decidís cambiar de opinión,
lo sabré antes de que el pensamiento se haya terminado de formar
en vuestra cabeza. Y tened por seguro que no dudaré en
cortárosla de un golpe si eso ocurre. ¿Me entendéis?
El encapuchado siguió masajeándose el brazo, el cual ya
empezaba a sentir, y continuó en silencio. La crueldad, en cualquiera
de sus formas, era la firma indiscutible de aquel rey. No
en vano había elegido para su blasón al cuervo.
Todo le había quedado claro.
—Ahora será mejor que volváis a Bereth antes de que despunte
el sol y alguien pregunte por vos.
—¿Cómo queréis que regrese en tan poco tiempo y sin
montura?
El rey soltó una de sus acostumbradas risotadas y le golpeó
amigablemente en la espalda.
—Ya veréis como terminan gustándoos los talentos de mis
amigos. —El rey dio una palmada y la puerta por donde el encapuchado
había entrado volvió a abrirse y por ella entró otro
hombre—. Ahora relajaos. El don de mi otro amigo especial
consiste en poder transportar cualquier materia que contenga
agua en su interior a través de la lluvia.
El encapuchado tembló con sólo pensarlo.
—Eso es imposible… Un cuerpo no sólo está formado por
agua. ¿Qué sucede si algo sale mal? ¡Podría caerse a miles de
kilómetros del suelo! ¡Podría perderse por el camino! Podría…
—Llegar tarde, que alguien descubra que no está donde se
suponía que debía estar y que tarde o temprano relacionen hechos.
El encapuchado tragó saliva. No tenía otra salida. Teodragos
le estaba obligando a confiar en él con los ojos cerrados…
¿Pero qué otra salida le quedaba?
—Está bien. Llevadme de vuelta a Bereth inmediatamente…
—Será todo un placer.
Y diciendo esto, Teodragos se dio media vuelta y se marchó
de la sala por una puerta oculta tras el trono.
A continuación, el recién llegado posó sus manos sobre la
cabeza del encapuchado y después empezó a tararear una melodía
apenas audible que fue adormilándole hasta que casi no
tuvo fuerzas para sostenerse sobre las piernas. Sin embargo, sus
pensamientos se sucedían uno tras otro en su cabeza: ¿qué clase
de poderes tenían los sentomentalistas de Belmont? ¿Podría
confiar en ellos? ¿Qué otras variedades poseerían? Y cuando
creía que iba a quedarse dormido, sintió una sacudida desde lo
más profundo de su ser que se expandió por todo su cuerpo y
que le dejó sin respiración. Al mismo tiempo sintió que se evaporaba,
que pesaba mil toneladas y que viajaba tan rápido
como un relámpago mientras seentía aún las botas sobre el
suelo del castillo de Belmont. Todo aquello sólo duró un instante.
Y entonces notó algo que le golpeaba por todo el cuerpo
insistentemente. Gotas. Lluvia. Una tormenta. Y frío, mucho
frío por todo el cuerpo. Cuando abrió los ojos, se descubrió
ante las puertas del palacio de Bereth, desnudo y solo. Perplejo
y aterido, corrió hasta una de las puertas traseras del palacio,
aquella que daba a las cocinas y, dando gracias por que
aquella noche no hubiera guardias apostados allí, entró a través
de ella. Tenía poco tiempo para regresar al lugar donde se suponía
que debía estar sin llamar la atención. La noche iba quedándose
atrás y el sol no tardaría en asomar, revelando las
sombras que se agazapan en la noche.
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